jueves, 11 de abril de 2019

La verdad es espíritu, nuestra Identidad y única realidad, Kenneth Wapnick

“La enfermedad es una decisión. 
No es algo que te suceda sin tú mismo haberío pedido, y que te debilita y te hace sufrir. 
Es una decisión que tú mismo tomas, un plan que trazas, cuando por un instante la verdad alborea en tu mente engañada y todo tu mundo parece dar tumbos y estar a punto de derrumbarse. Ahora enfermas, para que la verdad se marche y deje de ser una amenaza para tus falsos castillos. (L-pI.136.7)
La verdad es espíritu, nuestra Identidad y única realidad. 
A medida que avanzamos en nuestro camino espiritual y progresivamente reconocemos que el único significado de este mundo radica en ayudarnos a recordar nuestro verdadero Hogar, el ego atacará esta verdad por medio de reforzar nuestra identidad física. Uno de los medios más poderosos para lograr esto es enfermarnos. 
Si sentimos dolor, hacemos el cuerpo real; si el cuerpo es real, el espíritu no puede serlo. De este modo el ego se pone a salvo del “ataque” de la verdad.
La enfermedad, pues, es intencional. Es un “método, concebido en la locura, para sentar al Hijo de Dios en el trono de su Padre” (M-5.I.1:7). Refuerza la creencia en la separación, la cual hizo en primer lugar que surgiera la culpa que sirve de fundamento a la decisión de enfermarnos. El círculo vicioso de culpa y ataque del ego se mantiene en esta forma. 
Alguien, por ejemplo, que se siente llamado por el Espíritu Santo para que propague Sus palabras de verdad repentinamente puede desarrollar un caso de laringitis, o dolencias de la garganta aún más serias, como parte de la intención del ego de castigarlo por su “pecado” de decir la verdad en contra suya. 
Una mujer temerosa de “dar el próximo paso” en su camino espiritual puede caerse y fracturarse el tobillo, o desarrollar flebitis u otra dolencia de los pies. Aunque los síntomas no siempre necesitan ser tan obvios como en estos ejemplos, si uno procurase descubrir el significado de cualquier síntoma específico, encontraría que su forma refleja el tipo específico de falta de perdón que yace sepultado en la mente del ego. Tal discernimiento, sin embargo, no sana, pues el perdón debe elegirse primero en lugar de la culpa. Desperdiciar horas interminables en la búsqueda de tal discernimiento puede muy bien servir a la astuta estrategia del ego de “buscar y no hallar”. 
Es el contenido detrás de la forma lo que es esencial.
Por lo tanto, vemos que la enfermedad no es diferente a cualquier otra forma que refleja el propósito del ego en el mundo. 
Ya hemos discutido que el mundo físico no es nada más que la proyección del pensamiento de separación subyacente. 
Así pues, el cuerpo simplemente lleva a cabo los deseos de la mente, puesto que no tiene ningún poder en sí mismo. 
Como afirma el Curso: “Sólo la mente puede errar. El cuerpo sólo puede actuar equivocadamente cuando está respondiendo a un pensamiento falso” (T-2.IV.2:4-5), pues “la enfermedad, no obstante, no es algo que se origine en el cuerpo, sino en la mente. 
Toda forma de enfermedad es un signo de que la mente está dividida...” (T-8.IX.8:6-7). 
Nuestra dificultad para aceptar esta sencilla verdad da testimonio de nuestra íntima identificación con el sistema de pensamiento del ego que nos equipara con el cuerpo. 
Creemos que el cuerpo es autónomo, vulnerable a fuerzas fuera de sí mismo y capaz de ser “sanado” por otras fuerzas externas. 
Dentro de las leyes del mundo del ego nuestros cuerpos son vulnerables y las leyes de la enfermedad así como las leyes de la medicina sí prevalecen. No obstante, prevalecen porque creemos en ellas, no porque sean ciertas.
Hay un famoso relato que ilustra este punto. Samuel Johnson, el hombre de letras británico del siglo 18, paseaba con el Obispo Berkeley, el filosófico idealista. Debatían la creencia de Berkeley de que el mundo material es ilusorio y para recalcar su posición el Dr. Johnson le dio una patada a un árbol y exclamó al sentir el dolor: “¡Eso es lo que a la ilusión se refiere!” Lo que Johnson falló en reconocer, sin embargo, fue que su pie era tan parte del mundo ilusorio como el árbol. Este hizo lo que la mente de él le ordenó que hiciera. Por hallarse dentro del mundo del ego, su cuerpo estaba sujeto a la leyes del mundo por lo cual sintió dolor. 
Es únicamente cuando elegimos el milagro y podemos decir y verdaderamente creer que “no me gobiernan otras leyes que las de Dios” (L-pl.76) que los efectos de las leyes del ego desaparecen: “Los milagros despiertan nuevamente la conciencia de que el espíritu, no el cuerpo, es el altar de la verdad. Este reconocimiento es lo que le confiere al milagro su poder curativo” (T-1.I.20)

La enfermedad se puede entender, por lo tanto, como un problema de la mente y no del cuerpo. Es una interpretación acerca del cuerpo que afirma que la separación de Dios es un hecho. Puesto que se necesitan dos personas para dar testimonio de la separación, también se requieren dos personas para hacer una enfermedad: una que crea que está enferma y otra que apoye tal creencia. 
“Ninguna mente puede estar enferma a menos que otra mente esté de acuerdo en que están separadas. Por lo tanto, su decisión conjunta es estar enfermas” (T-28.III.2:1-2). 
Si usted desarrolla síntomas físicos y yo comparto su creencia de que está enfermo, entonces yo estoy tan enfermo como usted, pues comparto la creencia en la separación que es la enfermedad. Ahora la curación es necesaria para ambos.
La dificultad en aceptar una visión de la enfermedad tan aparentemente ridícula se supera cuando somos capaces de romper nuestra asociación entre la enfermedad y el cuerpo físico o psicológico. 
La enfermedad se redefine aquí como que existe únicamente en la mente que cree en la separación, sin que importe la forma en que pueda manifestarse esa creencia. Esta diferencia en cómo se ve la enfermedad se refleja en las opiniones sobre curación que la definición de enfermedad genera.”
Extracto del libro “El perdón y Jesús: El punto de encuentro entre Un Curso en Milagros y el Cristianismo”, de Kenneth Wapnick, Ph.D., Cap. 3, El significado de la enfermedad, Págs. 100/105, Copyright© 1998, Foundation for A Course in Miracles®, FACIM, USA. Reproducido con autorización.

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